Primera Jornada (I)

• 13 Dic 2007
02/12/2007

Hay veces en las que el desierto para los relojes y se subleva ante la tiranía del calendario, eternizando las horas y haciendo minúsculos los días.

Con las primeras luces fuimos a conocer a Jeringuilla, la camella más coqueta y altiva del Sahara y a su pequeño, bueno, mi pequeño camello, al que Mahayud, unos días después, cuando me lo regaló, puso por nombre Maglub (el que va por donde él quiere, no por donde le dicen).

Haduya ordeñó a Jeringuilla y la leche caliente y espumosa me hizo recordar aquellos años de mi infancia, cuando iba a ayudar a Blasita a ordeñar sus magníficas suizas y luego, casi clandestinamente, eso me hacía creer ella, metía mi cabeza en el caldero y absorvía la espuma blanca. Y por un momento me olvidé de las precauciones de salubridad que tanto nos obsesionan hoy día y volví a beber la leche recién ordeñada.


Después participamos en rito el del sacrifico del cabrito (al quitarle años de encima evito la palabra malsonante) y pudimos observar el respeto con el que Basir realizó la ceremonia de agradecimiento y la ilusión con la que Nafic lo sujetaba.

Nuestra vida en el primer mundo nos hace olvidar que la carne que comemos todos los días es de animales, a los que ya sólo vemos como mascotas. En los campamentos comer carne tres o cuatro días seguidos (no hay frigoríficos para conservarla) es un lujo del que se disfruta en contadas ocasiones.

Nota para Sandra: He encontrado a Nafic en perfecto estado, se le nota el verano pasado en las tierras gaditanas.

2 Responses

  1. Rosa

    Observo Nika que por fin aprendiste el nombre de Maglub “el que va por donde quiere” ¿Recuerdas las veces que lo pronunciamos en alto para aprenderlo y cómo se reían los niños de nuestra torpeza con la fonética hassaní?.Dah, con sus cuatro años, lo repetía sin parar y se doblaba de la risa cuando veía que lo pronunciabamos mal.

  2. Ronakin

    Cuando llegan los niños el primer verano, casi no saben hablar nada de castellano, cuando se van ya lo entienden todo. Al finaliar el segundo año, ya lo hablan casi perfectamente con el acento de la ciudad de la familia de acogida. Después de varios años de convivencia, nosotros no somos capaces ni de pronunciar correctamente sus nombres y algunas veces nos vemos en la obligación de acortalos o rebautizarlos (entiéndase esto último en sentido figurado).

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