Historias de Villa Germelina

By admin • • 29 Nov 2011

  

ARGUMENTO: Al compás de inauditos milagros laicos que dulcifican una realidad despiadada, y del testimonio vital de tres mujeres fuertes, con el entramado de las guerras carlista, africana y civil como trasfondo, los relatos nos acercan al universo de Villa Germelina: una ciudad levantada sobre las ruinas olvidadas de otra, enclavada entre sierras agrestes y bosques milenarios, y unida, por un misterioso capricho geológico, con un mar de ida y vuelta. Las historias están trazadas sobre la turbia y sinuosa frontera que une, separa y confunde la realidad y la imaginación, territorios en donde se encuentra la esencia ancestral de los cuentos.

ISBN: 978-84-936490-1-2

TÍTULO: HISTORIAS DE VILLA GERMELINA
AUTOR: NICANOR GIL GONZÁLEZ
EDICIÓN: 1ª FECHA APARICIÓN: 2008
COLACIÓN: 120 Pág.: 19 x 15 cm. (rústica) COLECCIÓN: Relatos
CLAVE MATERIA: 860-3
MATERIA: Literatura española. Cuentos
ISBN: 978-84-936490-1-2
TÍTULO: HISTORIAS DE VILLA GERMELINA
AUTOR: NICANOR GIL GONZÁLEZ
EDITORIAL: http://editorial-delalunalibros.com

Primeras Críticas

En Libre con Libros Manuel Pecellín escribe sobre Historias de Villa Germelina: Historia y Fantasía. Es la primera crítica. (No cuento las de los amigos, Julio fue el primero que escribió una reseña en su blog Amalia para mí)

 

Historia y Fantasía. Manuel Pecellín.

‘Historias de Villa Germelina’ se estructura en forma de mosaico y los relatos, independientes, se desarrollan en la misma población.
Natural de Guadalupe (1967), Nicanor Gil reside en Plasencia, donde dirige junto con Juan Ramón Santos el Aula de Literatura ‘José Antonio Gabriel y Galán’. Ha participado con éxito en algunos certámenes. Cuatro de las narraciones recogidas en este su primer libro proceden de tales concursos: ‘El milagro del vino’, ‘El milagro de Pirri’, ‘El milagro de don Cipriano’ y ‘El milagro del agua’. Lo taumatúrgico, presente en todos los títulos, no introduce necesariamente una apelación a fuerzas o elementos trascedentales, sino a situaciones que se sitúan al margen de lo cotidiano.
Para ‘Historias de la Villa Germelina’ obtuvo en 2006 Beca a la Creación Literaria otorgada por la Junta de Extremadura.
Aunque la obra se estructura en forma de mosaico, no carece de unidad. Los relatos que la conforman, si independientes entre sí, se desarrollan en la misma población, ‘Villa Germelina’, probablemente topónimo ficticio de Plasencia, cuya historia contemporánea boceta, a grandes rasgos. Especial atención reciben los acontecimientos ocurridos allí y en sus alrededores durante la guerra de 1936-39 y los años posbélicos. Curiosamente, uno de los personajes recurrentes es don Cipriano, cura del lugar, que vive todo un siglo, con más luces que sombras.
De todas las piezas aquí agavilladas, prefiero las imaginativas a las de carácter más sociológico, escritas las primeras según las directrices del realismo mágico. Villa Germelina recuerda entonces, sin desmerecerlo, al inolvidable Macondo de García Márquez.
También en aquella ciudad, asentada sobre el eje de un río casi omnipresente, lo maravilloso alterna con las realidades más prosaicas. Punto culmen de su derroche imaginativo es ese charco donde pueden resurgir incluso galeras anegadas en el océano. El ‘Tragahombres’, rebautizado como ‘Ojo del Mar’, es una perfecta alegoría de la existencia humana. Aniceto Sanromán, por su parte, uno de los protagonistas más atractivos de la obra, competiría honorablemente con el viejo Melquíades en capacidad de invención.
Afrancesados, carlistas, anarquistas, falangistas, milicianos, guardiaciviles, prostitutas, militares, maquis, mujeres humildes o exaltadas, sencillos trabajadores, personajes tremebundos e inquietos adolescentes van dibujando en estas páginas los trazos de una historia plagada de gozos (los menos) y tristezas (las más). Algunos deslices como «lo único a demandar», «el pregón matutino demandando albañiles», «imposible saber cuáles cosas», son pequeños lunares en una prosa por lo demás excelente.

 

PRESENTACIÓN EN GUADALUPE

1. Entre este libro y este autor median, salvada mi intrusión espacial momentánea, cuatro años de creación, sazonados por cinco premios, que avalan la excelente salud de la criatura. Antes de arrancar, permítaseme agradecer al autor la gentileza de invitarme a presentar la obra en el preciso, a más de precioso, lugar donde debió gestarse en origen, con sus mujeres —las mujeres de Nicanor, que aparecen en la dedicatoria—oficiando de testigos; el selecto auditorio presente y, acaso, con algún Plácido, un Marcial Rosales, una Amalia, o el descendiente anónimo de un tatarabuelo germelino, camuflado entre el público; todo lo cual, os aseguro, no deja de producir una ligera intimidación. Mi gratitud viene determinada, no sólo por lo que supuso el gozo literario de profundizar en la obra y convertirme pasajeramente en un nicanorista empedernido, sino por cuanto he aprendido, a la hora de documentarme sobre un tramo histórico crónicamente opacado en los Programas de Bachillerato de mi ciclo escolar, en el cual jamás pasábamos de la Guerra de la Independencia.2. Respecto a lo que podríamos denominar Geometría de la obra, digamos, de principio, que el entramado de historias que enhebra los nueve capítulos de V.G. discurre en los “tiempos revueltos” de las Guerras Carlistas y de la Guerra y postguerra Civil. ¿El lugar? Inubicuo o, en todo caso, compartido a partes iguales entre Azuaga, Plasencia y Guadalupe. Añadamos que el topónimo Germelina se inserta en la ya larga serie de Bredas, Muranias, Máginas y Ciconias de precedentes y consagradas glorias literarias de la alta Extremadura, deudoras, a su vez, de las Vetustas, Comalas, Macondos, Santa-Marías y la impronunciable Yoknapatawphade Faulkner. Un punto, sin embargo, a favor de Germelina: su eufonía de carillón, que convierte el título en musical reclamo. El libro viene estructurado en dos partes: una…, por azares de impresión, “tetralogía” de Mujeres fuertes —de manifiesto trasfondo bíblico—, que en realidad es trilogía, seguida de cinco Milagros, y un epílogo, que, al igual que la supuesta tetralogía, tampoco responde al epílogo clásico, puesto que viene apostillado por un postrer Milagro. Argucias de este cariz, juguetonas con el lector y revestidas de un formato u otro a lo largo de la obra, constituyen, a mi parecer, un divertimento, una faena torera muy del gusto del autor. Un pulso narrativo cinematográfico aguanta el riesgo de la discontinuidad entre ambas partes. A un plano de las Mujeres suele corresponder un contraplano en los Milagros, logrando, mediante esta fórmula, dotar a la obra de una sólida tridimensionalidad.

3. Rasgos. Nicanor Gil —Nica para quienes nos honramos con su amistad— apunta maneras de buen escritor. Por imposición del tiempo, destaco sólo, entre otros posibles, tres rasgos, que ilustran su línea creativa: 3.1. De los trópicos y subtrópicos latinos recala en Villa Germelina, de manos de Nicanor, un realismo mágico versión cimarrona, cantonal, villuercana, si me apuran, acomodando la definición de Elisabeta Gracci —realismo mágico = onírica + taumaturgia, + dos gotitas de paranoia— al solar de Villa Germelina? Para ilustrar a los lectores neófitos, un puñado de ejemplos, al azar: — una Charca que vomita galeras genovesas, devuelve soldados “filipinos”, como la ballena de Jonás —nuevo préstamo bíblico—,o se traga hombres desechos —de deshacer, de desechar— por el amor, … — la estampa, más que lúgubre, de mustia languidez existencial, de la anciana partera Máxima, esperando, escrupulosamente amortajada, a la Muerte cada 30 de septiembre, fiesta de San Jerónimo; cuadro que evoca con la plasticidad tridimensional mencionada, si bien en clave singular, el —éste sí, macabro— bazar de ataúdes en San Andrés de Teixido, el 8 del mismo mes. — el siniestro doblar de las campanas de la Villa, presagiando el maleficio de una muerte anunciada, — e innumerables más: la lluvia de vino en el Milagro homónimo; o, anclados al Milagro de don Cipriano, la bandada de estorninos, híbridos parientes de los que rondaban sin cesar a José en la Balsa de Saramago o de aquellos homicidas de Hitchcock.

Pero, entre las enumeradas y similares metáforas, se cuela, milagro arriba, milagro abajo, la sonrisa sardónica del autor. Lejos de la zozobra dramática de “Los pájaros”, revierto a Hitchcock, o de la prosopopeya de los prodigios canónicos, los Milagros de Nicanor operan en un registro iconoclasta, callejeril y agrario, mucho más emparentado que con los antedichos prototipos, a mi juicio, con la dionisíaca milagrería latina de un Gauchito Gil argentino —Gil, como Nicanor—, asaltante de caminos antaño, hoy elevado a los altares por aclamación popular. El barrido fílmico de los ciento cincuenta mil devotos desbordando su santuario cada 8 de Enero bien podría haberse extraído de un episodio de Villa Germelina. El manejo narrativo que imprime Nicanor a los milagros no remite a apocalipsis, sino a carnaval. Lo cual no equivale a decir que por el fondo de la charca Tragahombres, como por el burdel de Micaela-Judit-Magdalena (triple mujer en una sola; todas lo son), así como por la calle de la Amargura, o la taberna del Chato no desfile, trascendiendo las coordenadas geográficas de la villa, el grueso de la especie humana, con sus luces y sus sombras, como si retratara los relieves historiados de un retablo del maestro Rodrigo Alemán, un espécimen tan socarrón y sinvergüenza —dejémoslo en transgresor a secas— como el propio Nica.

3.2. El humor. En los relatos de Nica, ya lo he apuntado, no opera lo medroso, o, por mejor decir, lo misterioso viene profanado por un subliminal sentido del vacile, convirtiendo algunos de los pasajes más “gore”, en una suerte de esperpéntica danza de la muerte, extraída de un capitel tardomedieval. Lo llamaremos afilada ironía, un rasgo que fluye por las páginas de la Villa, a tramos irreverente y, en alguna instancia, hasta gamberro y carpetovetónico (la capadura del legionario, “a tornillo” como los besos, o la bronca de los chiquillos, Frailón y Moro, abruptamente zanjada por el castigo clerical de don Cipriano, lastrándoles las manos en cruz con la Summa Theologica, sirven de ejemplos). En algún pasaje, Nicanor roza la truculencia, muy en consonancia con el gusto hispano por lo hiperbólico, rescatando al Buñuel blasfemo de Viridiana, o el humor negro a lo Berlanga de El Verdugo, así como, en los múltiples pasajes en que le brota la vena satírica, la lúcida sorna de Rafael Azcona. Aunque no siempre —existen planos de una musculosa contundencia dramática—, los episodios “trágicos” suelen aparecer vestidos de carnaval, por arte y gracia de un Nicanor lúdico-lúcido, que encarna el componente de “homo ludens” de su biografía.

3.3. Neorrenacentismo. Frente a éste, o acaso de la mano, coexiste otro atributo de Nicanor, el de “homo faber”, quizás el más conspicuo para quienes creemos conocerle: el del personaje renacentista, interesado en todo, y cuando lo consigue, apeteciendo aún más: los obstáculos son contemplados como retos y las barreras, puentes conducentes a otra dimensión. “Cuando una puerta se cierra, otra se abre”, reza una inscripción tallada en el palacio de los Dávila… en Ávila, obviamente. Nicanor las quiere todas, y abiertas de par en par. Por eso incursiona —no me sustraigo al repulsivo vocablo— en el universo experimental, desde el campo informático o de la imagen, al deportivo, fotográfico, enológico, “terrícola” o submarino. Y, por fortuna, encima de todos esos mundos, el de la escritura, donde irrumpe con este libro fornido de nervio y certero de verbo; un libro, en suma, prometedor.

Resta un rasgo que no quisiera obviar, y es el del Nicanor humano e idealista dentro de la vertiente neorrenacentista a que aludo; el comprometido con los grandes idearios sociales, que le lleva a solidarizarse con el pueblo saharaui y tomar en conmovedor préstamo una exquisitez humana de la Hamada, acogiéndola como su tercera hija. Por supuesto, con la consentida “complicidad” de sus otras tres exquisiteces. A la luz de esta dimensión neorrenacentista de Nica se enmarca la duplicidad clónica entre el personaje de Aniceto Sanromán y el propio autor, “alter-ego” el fabulado del fabulador, en palabras de JuanRa Santos. Utilizaré, en un intento de visualizar pictóricamente el concepto, el truco estilístico de Rafael Alberti con que describía el cubismo de Picasso. Parafraseo: “Dijo Aniceto un día: hoy tengo un nombre nuevo: me llamo Aniceto Nicanor Gil Sanromán”. Los lectores, adictos o potenciales, captarán la analogía, sin duda. Este Nicanor-Aniceto, entusiasta por las vanguardias científicas, se perfila como el contrapunto de aquel Unamuno protestón y cascarrabias, que profería: “Me cago en el vapor, la electricidad y en los sueros inyectados.”

4. Transición. Punto seguido, camino de la conclusión. Para quienes aún no hayan adquirido el libro, les insto a que lo hagan. Disfrutarán con lo que encuentren, desde la dedicatoria hasta la Nota final, donde pululamos, nominados incluso, un puñado de amigos. Les sorprenderán, cuando menos se lo esperen, piruetas estilísticas como la definición de “ateo, apátrida y revolucionario”, aplicada al tío Marcial Rosales, que emula el precedente clásico del Marqués de Bradomín: “feo, católico y sentimental”. Sobrevuela la obra una complacida fluidez de estilo cinematográfico, insisto, que recorre eléctricamente las diversas secuencias y que a mí, personalmente, me arrastró por empatía, acabada la lectura, a compartir unos vinos pecadores con el asimétrico binomio del Moro y el Frailón, apostatando con diurnidad y alevosía de la exhumación del cuerpo incorrupto de don Cipriano, el cura.

5. Conclusión. Llegado a este punto, me asalta la sospecha de que tal vez la mejor crítica de una obra de arte consista, siguiendo los cánones de Ihab Hasan, en contemplarla… y callar, interiorizando la vivencia en el oratorio del espíritu, lo que él denomina “metáforas del silencio”. Por lo general, el mutismo tras la lectura indica la peor crítica de una obra. Pero, hay lectores a quienes les/nos sucede lo contrario. Frente a la violencia de la expresión, prefieren enmudecer, presas del ensalmo, una versión de crítica estética más allá, no más acá, de lo verbal, y que en inglés se define como “a pregnant pause”, una pausa preñada. Con una coincidencia casi milagrera también, Manuel Vicent asoma el pasado domingo a EL PAÍS y, ladino como de costumbre, puntualiza que el presunto desmayo místico se conoce clínicamente como síndrome de Stendhal. Pues bien; callen, si así lo sienten, o, en todo caso, hagan oídos, no sordos sino amplificados, a la querencia inoculada por una primera lectura y embárquense de nuevo en las Historias de Villa Germelina. No lo duden, yo lo hice y salí ganando.

Ahora sí concluyo: Reitero la gratitud por el gesto de Nica, que a él le honra y a mí me azora, de brindarme la presentación de su primer libro justo en su “puebla” natal, que es algo así como proponerme la ceremonia iniciática del bautizo de la criatura. De modo, que, por obra y gracia del padrinazgo, deseo a mi ahijado una venturosa trayectoria vital, y al progenitor, en mi calidad de padrino, le auguro, te auguro una nutrida prole en el porvenir, compadre. Cierro con un diálogo, evocando a Ortega, mi personal gurú stendhaliano. — ¿Algo que añadir: eficacia expresiva, imágenes brillantes, fraseo ágil, guiños de homenaje a colegas escritores, como Gonzalo Hidalgo Bayal, o JuanRa Santos, algo…? Con gesto de dignidad ofendida: — Caballero, siempre queda todo por decir. Bien; pues para ello, como nadie, el autor.

Por sus palabras los conoceréis.
¡Cómo no iba a emocionarme!
Gracias amigo
Allí estuvieron todos
Después de lo dicho por Julio Pérez y por José Luis Piquero (y antes por Felipe Sánchez) ¿qué más puede decir uno sin correr el riesgo de caer en la redundancia? Me siento afortunado. Nunca pensé que los milagros germelinos me acercarían tanto a tanta buena gente que me rodea, y mucho menos que fueran la coartada perfecta para pasar un findeliterariofestivo.
En la Villa necesitabamos un pequeño milagro fotográfico y se nos apareció Sebastián Redero
La terna anunciada

Estuvieron todos los que tenían que estar y algunos más.

Con mis chicas

 

Mi tío firmando su edición de lujo

Con mis leales de La Piltra

Presentación en Plasencia

Siguiendo el guión establecido, se presentó el viernes 21 de noviembre en el Centro Cultural de las Claras de Plasencia.

Juara dixit:

1. PRIMER GÉNESIS

Aquellos de ustedes que ya hayan tenido ocasión de echarle un vistazo a las Historias de Villa Germelina –el libro de Nicanor Gil que presentamos aquí esta noche– habrán podido observar cómo las historias, propiamente dichas, vienen precedidas de un texto, a modo de preámbulo o introducción, titulado “Segundo génesis”. Imagino que semejante título –que no es “Génesis”, sino “Segundo génesis”– de entrada a más de uno le habrá hecho preguntarse intrigado por el paradero de un deducible primer génesis del que, sorprendentemente, nada se dice en el índice. Pues bien, ahórrense el trabajo de buscarlo, porque tampoco lo van a encontrar hojeando luego el libro, y ya les adelanto que, cuando se metan en lectura, acerca de él apenas si hallarán algunas vagas, nebulosas, sugerentes referencias que el autor ha tenido la generosidad de dejar caer en las líneas de ese primer texto o relato introductorio. Mi intención es la de contarles las cosas desde el principio, y aunque tampoco estoy en condiciones de desvelarles nada acerca de ese mítico y elíptico primer génesis de Villa Germelina, cuyos secretos y circunstancias sólo Nicanor conoce, sí que puedo darles cuenta de otro génesis no menos interesante, el del propio libro, del que he venido siendo espectador privilegiado. Y es que el proyecto de estas Historias de Villa Germelina –que, al principio, si la memoria no me falla, apenas eran Milagros de Villa Germelina– nació hará unos cinco años de la sugerente y ambiciosa propuesta de trabajo que Gonzalo Hidalgo Bayal acostumbra a plantear a los participantes del taller literario de la Universidad Popular, magnífico taller al que tanto Nicanor como yo hemos asistido. No recuerdo bien si Nicanor fue o no entonces un alumno aplicado, si avanzó mucho o no en su colección de milagros aquel segundo año de taller, pero lo cierto es que, sea como fuera, los milagros siguieron dando coletazos después, en alguna de las sesiones de lo que dimos en llamar el postaller literario, y que, poco a poco, nos fue llegando la noticia de los diversos premios que iban obteniendo por todo el país, como el Concurso de Relato Breve de la UNED de Plasencia, el Concurso de Relato Corto de Monturque, el de relatos cortos “Juan Martín Sauras” en Andorra, o el Certamen Literario Apolo y Baco de Sevilla. Además, por esa época Nicanor obtuvo una beca para la creación literaria de la Consejería de Cultura para poder culminar su proyecto, para poder escribir los milagros, y recuerdo haber conversado con él en más de una ocasión acerca de los pormenores burocráticos de la beca y sobre la marcha a contrarreloj del trabajo hasta llegar a conocer, finalmente, una primera versión apresurada de lo que hoy es este libro. Después se sucedió un período más o menos largo en el que, por otra parte, los dos nos hicimos cargo de la coordinación del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”, estrechamos nuestra amistad, y en el que, pese a haberme encontrado con algún milagro suelto en una delgada edición de autor, de tirada imprescindible, intuyo que la mayor parte de ellos debía de andar medio abandonada en algún cajón de escritorio o, más bien, en algún documento desaparecido sin rastro del listado de archivos usados recientemente del Word, condenados así un tiempo de olvido que terminó cuando Nicanor conoció a Marino González, y, de nuevo con el aval de la Consejería, esta vez de Cultura y Turismo y en forma de ayuda a la edición, y después de las siempre arduas y discutidas galeradas y correcciones finales, las Historias de Villa Germelina acabaron por ver la luz en esta edición de De la luna libros que ahora tenemos entre manos. A fin de cuentas, conozco a este libro casi desde que nació, lo he visto crecer poco a poco a la sombra de su padre, compañero de fatigas organizativas del Aula, lo siento como una especie de ahijado, y por eso también para mí es una enorme satisfacción presentarlo aquí esta tarde.

2. ENTRE MILAGROS LAICOS Y MUJERES FUERTES

Historias de Villa Germelina está integrado por nueve relatos que acontecen entre la peripecia romántica de un personaje real, el general Gómez, y la prolongada o prorrogada infamia de otro ficticio, el coronel Rosales, o, lo que es lo mismo, entre la primera guerra carlista y la guerra civil y sus secuelas; nueve relatos que se desenvuelven a lo largo de más de cien años, que son también los que dura el prolongado sacerdocio del longevo don Cipriano, uno de los principales personajes del libro; nueve relatos, en definitiva, de un tiempo en sepia, en el que brilla tímido el metal de los aparejos de una ciencia en ciernes, el de trompetas de plata y de oro o el de sinuosas gramolas en las que resuenan, como banda sonora de estas historias, nostálgicas habaneras y castizos pasodobles. Pero este libro encierra, además del relato de un tiempo, la descripción de una densa geografía que recuerda a los más que probables referentes geoliterarios del autor, como son el Macondo de García Márquez, las tierras de Murania de Gonzalo Hidalgo o los verdes valles y rojas colinas de Ramiro Pinilla. Como podrán comprobar, la geografía con la que Nicanor rodea Villa Germelina y sus historias es rica en lugares y accidentes, como el Cerro Chico, la Cueva de los Maragatos, las Nalgas del Prior o el Chorrituelo, pero, de entre todos ellos, destacaría, por su importancia fundacional, que reverbera en el conjunto de los relatos, el Tragahombres –luego rebautizado como Ojo de Mar–, una poza insondable y misteriosa por la que salen a flote rarezas tales como un galeón genovés cargado de ánforas de vino o un desventurado recluta germelino muerto en un naufragio en alta mar, un capricho geológico éste del Tragahombres que, de algún modo, conecta la Villa, enclavada tierra adentro, entre bosques y sierras, con el océano, un océano de ida y vuelta por el que algunos de sus audaces vecinos se marchan y regresan, trayendo de Argentina, de La Habana o Filipinas fortunas mayores o menores, aires y sones coloniales, blancos trajes de lino y sombreros panamá.

En cuanto a la organización del libro, los relatos o historias de Villa Germelina están agrupados en dos partes. En la primera de ellas, titulada “Tres mujeres fuertes”, se nos narra la vida valiente de tres mujeres de la villa, la de Micaela, una aguerrida judith germelina, la de Amalia, la hija de un indiano, de belleza trágica y cautivadora, y la de Máxima, comadrona y plañidera, buena conocedora de la vida en sus extremos y bien apertrechada para la muerte. Se trata de tres relatos ejemplares sobre tres personajes femeninos en los que el autor, aparte de dejarnos un discreto pero reconocible recuerdo de su tierra natal, Guadalupe, lleva a cabo un apasionado homenaje a la mujer, no en vano está bien rodeado de ellas y, de hecho, dedica el libro a su madre, a su mujer y a sus tres hijas.

La segunda parte del libro se titula “Milagros gemelinos” y a ella respondía –como ya he dicho– el propósito inicial de Nicanor en el taller literario, que era el de escribir una serie de milagros. Es necesario aclarar, a este respecto, que se trata de milagros laicos, sin ninguna connotación religiosa, y que, además, poco o, en más de un caso, nada tienen de milagroso, si por milagroso entendemos lo mágico, lo sobrenatural, lo ininteligible, en la medida en que, en muchos de ellos, resulta más o menos fácil vislumbrar una explicación natural, lógica o ligeramente científica para el enigma, con lo que imagino que, sin religión ni misterio de por medio, muchos de ustedes se preguntarán qué milagros son esos que Nicanor escribe y qué es lo que tienen de milagroso. Como ya les he anticipado, los episodios de estas Historias de Villa Germelina comienzan con la primera guerra carlista y se prolongan hasta más allá de la guerra civil, y además, entre medias, en varios relatos se escuchan, como ruido de fondo, los ecos lejanos de las guerras coloniales de Cuba, Filipinas y África. Pero la cosa no termina ahí, o, quizá deberíamos decir que no empieza ahí, porque si leemos uno de los primeros párrafos del relato titulado “Micaela”, en el que se nos cuenta que «pocas veces en su historia los germelinos han acertado a la hora de tomar partido por algún bando (…) Fueron beltranejos, comuneros, afrancesados hasta que llegaron los franceses y, entonces, no descansaron hasta echarles. Luego apoyaron al rey hasta que éste llegó del exilio y derogó la Pepa. Entonces se hicieron liberales para luchar contra los Cien Mil Hijos de San Luis y permanecer la Década entera conspirando contra él», nos daremos cuenta de que, a lo largo de toda su Historia y, también, a lo largo de estas historias que Nicanor nos acerca, las gentes de Villa Germelina han venido siendo asaltadas, vapuleadas, avasalladas por la guerra, poderoso instrumento de lo que Sánchez-Ferlosio, en sus recientemente publicados Apuntes de polemología, describe como «la perdurable y cruenta sinrazón perpetrada contra los “bienes” de la vida por los “valores” de la historia», lo que me hace pensar que los cinco milagros que Nicanor nos cuenta –el del cine, el del agua, el del vino, el del Pirri y el de don Cipriano– no son sino manifestaciones de un milagro mayor, el milagro de vivir, en medio de tanta sinrazón, de tanta guerra , que su sentido último es la celebración de la vida misma y que en esos relatos lo verdaderamente milagroso es que a los germelinos les queden ganas de amarse, de aprender a tocar la trompeta, de beber buen vino o de explorar las profundidades del Tragahombres.

3. MI NOMBRE ES LEGIÓN

Para terminar, quienes ya conocéis al autor sabéis que Nicanor es mucho Nicanor, aunque también puede que Fernando Pessoa tuviese razón al afirmar que en cada uno de nosotros habitan innumerables individuos y que lo correcto sea decir que Nicanor son muchos nicanores, entre ellos –sin ánimo de aprisionarlos en un estrecho numerus clausus–, el escritor, el informático, el organizador, el fotógrafo, el aficionado al cine, al submarinismo, a rastrear antepasados en archivos monacales, el aprendiz de enólogo, el orgulloso hijo de Guadalupe o el ardiente defensor de la causa saharaui. A este respecto les diré que me ha sorprendido que el autor diga, refiriéndose a Aniceto Sanromán –un personaje con casi categoría de alter ego–, que «estaba poseído por una actividad nerviosa que no le permitía un momento de sosiego, como si temiera no tener tiempo para hacer realidad todos los sueños que le obsesionaban», porque esas palabras bien podrían haberse dicho del propio Nicanor, y que me ha divertido mucho, al leer y releer las Historias de Villa Germelina, el irme topando con las huellas, más o menos discretas, de toda esa nutrida legión de nicanores que les he enumerado, he disfrutado, en definitiva, encontrándome a Nica, encarnado en sus propios personajes, diseñando un calendario perpetuo, construyendo una central eléctrica, explorando las simas del Tragahombres, acercando a los germelinos las maravillas del séptimo arte, pateando con los soldados carlistas un paisaje boscoso que bien podría ser el de sus Villuercas o catando, en la cavernosa bodega de la taberna del Chato, un vino «sobrio en el ataque, cálido, redondo e invasor en el paso de la boca», aunque la verdad, donde puede que más vivamente me haya encontrado cara a cara con el amigo Nicanor haya sido al descubrir una mirada que atraviesa todos los relatos, la mirada traviesa del intrépido forajido infantil que, una tarde de siesta veraniega, cautivado por una silueta contundente enmarcada en el amarillo intenso de un anuncio de azulejo, decidió adoptar el legendario sobrenombre de Nitrato de Chile.

Con mis chicas

Lo mejor: En las dos presentaciones estuve arropado de amigos, de muchos y buenos amigos. Las palabras de Isabel, Marino y Juanra sólo las pueden pronunciar los buenos amigos.
Lo regular: lo de firmar.
Lo peor: los nervios.
Presentación en Mérida

Como estaba previsto, se presentó en Mérida el jueves 20 de noviembre en la Biblioteca del Estado Jesús Delgado Valhondo. Isabel dixit:

Esta noche estamos aquí para presentarles una obra que hace muy poquitos días que está en las librerías , pero que ya está avalada por la Junta de Extremadura, que le concedió la beca a la creación literaria, y cuyos relatos, por separado, han sido premiados en distintas ocasiones. La Crítica probablemente se encargará de valorar esta obra, a mí como mera lectora, hoy sólo me corresponde transmitirles el placer que ha sido interpretar sus páginas y reivindicarla como un texto para disfrute de los amantes de la lectura. Leerla ha sido una experiencia deliciosa, porque en mi opinión, en esos textos se funde magistralmente la magia de lo fantástico con la aventura de lo cotidiano; esa fusión de ficción y realidad que sólo la Literatura con mayúsculas sabe hacer. Este libro es una gavilla de relatos anudados por un mismo tallo, Villa Germelina. Un pueblo que se nos presenta en el texto no sólo como el marco espacial que usa el autor para situar sus relatos, ser el espejo de su imaginación y sostener todo lo que nos desea contar, sino como el personaje protagonista que vertebra toda la obra. La Villa es una geografía de ficción que vive, que cambia, que sufre como cualquier otro personaje. Tiene un devenir propio, que ya desde las primeras páginas comienza como el ave fénix, resurgiendo de sus propias ruinas cenagosas y de la imaginación de sus crédulos habitantes. A lo largo de las distintas narraciones se van apuntalando sus cimientos con la firmeza de sus personajes. Por un lado, un coro de personajes femeninos, de mujeres fuertes como las sabinas que conforman su paisaje, en las que el autor encierra la fuerza de la sabiduría y la sinrazón y la dulzura venenosa del deseo y la belleza. Por otro lado, el pueblo cuenta con el soporte masculino de esos sempiternos personajes rurales que encabezan el cura, el boticario y el alcalde y que complementan sus acólitos, que sirven a Nicanor para mostrar personalidades y comportamientos perfectamente analizados, así como para simbolizar con ellos conceptos como el poder y su decadencia, el pecado, la injusticia, la guerra y la pérdida, presentándonos el devenir humano como el devenir del pueblo y viceversa. Tenemos pues un territorio y personaje imaginario de memoria y fantasía como si de un Celama de Mateo Díez, del Yoknapatawpha de Faulkner, Obaba de Atxaga o un Macondo de García Márquez se tratara. Probablemente más cercano a este último, porque comparte con él el estilo del realismo mágico. Como Macondo, Villa Germelina existe y no existe. Sabemos que este topónimo no está en ningún mapa a pesar de que en nuestras mentes está su gran parecido físico con cualquier pueblo extremeño de la posguerra, habitado por cualquiera de aquellas generaciones que compartieron ese difícil destino. Pero existe porque un autor la ha fundado, ha inventado un territorio mítico que le permite, sin perder una referencia reconocible de lo existente, moverse en esa arriesgada y tenue frontera donde se funde lo real con lo fantástico, donde el autor consigue que los milagros lleguen a formar parte de la realidad cotidiana , donde el mito y la verdad se reflejan en charcos que se tragan a los hombres, creando, en definitiva, un mundo cercano a los sueños, simbólico y metafórico, que lleva la huella de los territorios vitales de la experiencia y nostalgia del autor, y que a la vez, nos permite a los lectores desarrollar la tarea sublime de crear y rememorar nuestra propia Villa Germelina.

Les recomiendo que lean estos relatos, que se adentren en este reino de Villa Germelina, porque les va a divertir, entretener, emocionar, y si son lectores más exigentes, podrán igualmente disfrutar de una obra de imaginación razonada, escrita con una prosa de gran calidad literaria y lingüística. Y espero, ciertamente, que este nuevo territorio perviva junto a las Vetustas, Máginas o Santa Marías de otras épocas, porque junto con ellas, vendrá a confirmar un nuevo triunfo de la ficción en su íntimo juego con la realidad, ese en el que participamos todos los que amamos la Literatura. ¡Larga vida a Villa Germelina!

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